Tal como ese zuricato al que le toca ser vigía sobre un montículo de tierra para mirar al horizonte. Debe ser de las imágenes que más me han llamado la atención y que nunca he sacado de mi cabeza, porque además el zuricato tiene esa gracia de trabajar en grupo pero entregar responsabilidades individuales. No podría dar fe de que todo ese discurso es cierto, finalmente son animales estudiados por hombres. Pero vale el ejemplo.
Me gustan las alturas porque me permiten ver la totalidad y no perderme en lo que se ve a dos metros de mí.
Son lugares que permiten la reflexión, mirar un horizonte, pero más que eso, mirar en redondo. Probablemente por eso llegar a descubrir este departamento casi en el último piso, con una vista de al menos 270 grados me sentí obviamente muy cómodo.
Las alturas también son espacios de soledad. De mirar lejos, de darse tiempo para entender, para mirar los detalles y ver que cada vez puede haber algo nuevo. El gato también se queda mirando al horizonte mucho tiempo junto a mi.
Gustándome los lugares altos, sin embargo, soy un hombre pequeño que con suerte se acerca al promedio. No siendo algo realmente importante, parece ser una paradoja. El punto es cómo hace bien mirar más arriba de ti, también más abajo de ti y definitivamente más allá de ti. Ponerse en un lugar alto ni es sinónimo de jerarquía. Si se toma en serio es más bien un ejercicio de humildad, porque uno se transforma en un punto, en la cumbre de la montaña sabiendo que nunca serás la montaña.